martes, abril 25, 2006

Cuento Corto


FULGOR Y MUERTE DE LA HUMANIDAD

Estaba Adán admirando ese espacio infinito en el cual había sido situado por mandatos superiores, espacio rodeado de ciertas existencias que no se comparaban a él.
Se detiene a observar a estos seres, y nota que hay algunos que son más altos que él, hay otros que tienen garras, otros que son insignificantes. Decide calificarles. ¡Si, ustedes son inferiores a mí, vuestro linaje jamás alcanzará el nivel que me ha sido otorgado! ¡Los llamaré animales!. De esta manera los dividió por color, tamaño, especie, astucia. Estos animales compartían con Adán ese espacio tangible, material en donde se llevaba a cabo un acuerdo sin nombre, un pacto sin figura, en el cual a secreta voz y bajo mutuo acuerdo, sin aspavientos, discreto, soterrado; estipulaban sin decirlo, parsimoniosamente, una grata, vivaz y tranquila convivencia.
Empieza a notar Adán que estos animales tienen compañía, viven en una cohesión gregaria, instintiva, casi sagrada, evidente muestra de su insoslayable necesidad de sentirse acompañado. También observa que esta estirpe con el paso del tiempo comienza una suerte de fagocitosis entre sus propios miembros, sin mencionar que con los ajenos se estipulaba el medio eterno o la agresividad constante. ¡Pero qué nivel de subsistencia llevan! ¿Por qué se atacan? ¿Acaso el mas fuerte sobrevive?... Ustedes no son inspiración de vida. Necesito alguien de mi especie.
Conversa con quien es alfa y omega, con ese ente que no tiene principio ni fin y le pide compañía:
¡Bueno, pero tendrás que sacrificar algo! ¿Qué te parece una costilla y te doy una referencia de par? Lo que quieras de mi cuerpo daré mientras me alejes de estos infames que buscan la superioridad racial entre ellos, que estupidez.
Adán concilia el sueño, comienza a evocar un espécimen igual a él, que le causaba curiosidad, no podía distinguir sus rasgos. En eso tras un intenso dolor, despierta y a su lado se encuentra el fruto más bello de la existencia de tal espacio infinito, un símil de su propia referencia, un tributo a su sano narcisismo, una elegía a las necesidades de su Eros olvidado. La llamó Eva, Mujer.
Qué alegría siente al ver que también tiene su color de piel, que comparte la misma cantidad de órganos vitales, que camina a su lado, que al abrir sus labios, susurra y menciona las palabras referentes al verbo como una pequeña analogía de la misma expresión que le dio la vida.
Pues bien, Adán inicia un lento pero continuado andar junto a su compañera por el entorno por él ya conocido y cual entusiasmado niño guía de un inesperado tour improvisado, enseña a su amante cada uno de los minúsculos y mayúsculos recovecos, lugares, sonidos y entelequias de tal jardín en donde ellos ahora pasarían a ser el centro, el emplazamiento y conductor de toda especie que en ella habitase.
He aquí el germen de la filosofía posterior que nunca pensaron ni en el más remoto sueño de los letargos propios a ellos les sucedería. Jamás pudieron haberse antecedido esta hermosa pareja a que este sentido de sana superioridad sobre entes de otra especie, con el transcurso de los años, los siglos, los milenios, les afectaría claramente.
Eva, quien no conocía directamente al creador ya que sus nexos con él eran a través de su intermediario Adán, como quien a la distancia pierde el cariño, no temía, no guardaba el mismo respeto profundo ni el amor hacia el hacedor. Esta falta de acercamiento la conduce a tener sed de conocimientos, a saber lo que el superior sabe e inicia por su propia convicción y camino, el ascenso a este estado intelectual.
Traspasando los mandatos, Eva comete el acto de pérdida de la inocencia lo que origina el castigo eterno, el Mundo Real.
Ya no gozando de su mundo perfecto hasta entonces, consideran necesario que su dual presencia no es suficiente para tal misión conductora de su hogar, el mundo. Y cuan ansiosos gentiles conquistadores ven la imperiosa necesidad de multiplicarse, de engendrar a los herederos de tal paraíso porque su sentido de pertenencia y trascendencia ya supera su frágil contextura orgánica.
Es así entonces, que a través del magistral acto del amor y la procreación dan vida a los primeros vástagos, retoños con sueños de reyes que tendrán la responsabilidad de continuar el legado de sus progenitores.
Nace en el primer lapso de este proceso, el primogénito, el primer varón… niño de piel angelical, de ojos de mirada profunda, de perfilada anatomía bien proporcionada y es que así debía ser, pues sus padres eran perfectos. No podían ser menos. Le Llamaron Abel.
La infancia del primer hijo transcurre solapadamente inmersa en un grato estado de complacencia sin grandes sobresaltos, con la alegría propia de quien vive desinteresadamente, alejado de las preocupaciones de quien aun no asume las responsabilidades inherentes a la cruel exigencia de la cotidianeidad que nos sobresalta y abruma a todos.
Es en esta circunstancia que en un día nublado y frío, lejos del calor y acogida del antaño jardín del edén, con unos progenitores ya gastados por la constante lucha de sobrevivencia, que, cerca del ocaso de ese obnibulado día nace el segundo hijo cuyo nombre fue Caín.
Ya desde pequeño, este infante quizás influenciado por los avatares del día de su nacimiento y el desgano regular de sus padres en una existencia al límite, comienza su propio juicio de descubrimiento y fuera de la mano conductora de sus ocupados progenitores.
Corre por las praderas hasta entradas horas de la noche, no contribuye en las agotadoras jornadas que día tras día transcurren rutinariamente con manifiesta condena eterna, como una inevitable sanción por la independencia hacia el hacedor de todas las cosas.
En una de estas correrías sorprende a su hermano mayor arando uno de los campos. Este le reprende por su evidente desconsideración… Caín se molesta ante la inquisitiva, según percibe, actitud de su hermano. Siente un calor que le sube por el costado de su rostro, el corazón late cada vez más rápido, comienza a sudar frío, quiere gritarle a su hermano pero no puede… le viene algo a la mente, rápido, fugaz, como un rayo que lo impulsa como una fiera a dispuesta a abalanzarse sobre su par, quiere golpearle…Repentinamente soltando en un acto impulsivo todo aquello que sus labios le reprimían y que en su mente y alma le provocaban un ardor sin precedentes…Grita, ¡Tu no me quieres, eres el favorito, te crees mejor que yo porque todo el día están pendientes de ti! ¡Yo se más que tú, conozco los valles y los ríos, tu ni siquiera haz visto el lugar que habitamos, no conoces nada del mundo porque te lo pasas con ellos!... ¡Ves como soy mejor que tu, defiéndete si puedes… ni siquiera eso sabes!... ¡Defiéndete!.
Pero ese último grito junto al último golpe, no fueron escuchados por el ya inerte hermano tendido sobre el piso con su cabeza sangrante y rostro amoratado. Abel yacía muerto, tan muerto como el amor de su hermano Caín. Se había establecido en esta rápida sucesión, el predominio de la fuerza sobre el amor, la convivencia, la tolerancia, el respeto.
Los padres al ver el inmutable cuerpo malogrado de su primogénito, solo lloran y se lamentan ante el alto cielo que hoy se encuentra más distante que nunca, maldijeron al menor de sus hijos, ahora el único, quien en una expresión sin rostro, les increpa duramente… ¡De ustedes es la culpa, solo de ustedes… nunca les importé, él no era mejor que yo!
Aquel día, la noche se torna más oscura que de costumbre, las estrellas reflejaban un pálido brillo sobre el firmamento y Caín emprendía rumbo a lo desconocido alejándose a paso rápido de su lugar de origen, su rostro inmutable; ni siquiera dio vuelta atrás su mirada para ver el suelo regado por las lágrimas que lavaban la sangre de su hermano Abel derramada.
He ahí el fulgor y muerte de la humanidad…

Lupe Morales.

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